La Caza.(The Hunt).Estreno en España el 19 de Abril/ April 19th In Theaters in Spain.

El Dogma 95, con su despojo de artificios y parafernalia, unió las carreras de los daneses Thomas Vinterberg Lars von Trier. A dieciocho años de distancia de su origen, los dos iniciadores no pudieron haber tomado caminos más opuestos. Von Trier se ha esmerado –demasiado– en mantener la etiqueta de enfant terrible con una estética ultratrabajada y un tema grandilocuente en Melancolía (2011) (además, el título de su próximo filme lleva luces neón en el deseo de provocar: Nynphomaniac); Vinterberg, después de Submarino (2010), un retorcido y reflexivo calvario deliberado, ha soltado las riendas de la manipulación a favor de un realismo atinado, desafiante y sumamente incitante.

En La caza, la honestidad resuena desde el título. El nombre de Submarino fue tomado de la novela de la que fue adaptado y se refiere a un método de tortura que en el filme no se explica ni se menciona en lo absoluto. El significado de La caza, en cambio, resuena por doquier. En el plano más evidente, es el rito de iniciación que los padres transmiten a los hijos, llevándolos de montería con su propio rifle, cuando estos se ‘convierten’ por fin en hombres. Es también la cacería ciega, cual de brujas, que se emprende en contra de un hombre inocente. Y, por suma de factores, es la forma trágica en la que padres transmiten a hijos ese deseo de matar a quienes eligen poner frente al blanco. Las herencias funestas son un tema crucial en la filmografía de Vinterberg, así como los entornos que la pederastia –o su sombra– genera.

En Festen (1998), el estreno del Dogma, Vinterberg se sumergió en las aguas de una familia enturbiadas por la violación de un padre contra dos de sus hijos, todo durante la celebración del sexagenario. En ésta había sobre todo evasión y negación. No es sino hasta que el propio padre lee la carta suicida de su hija en la que lo culpa de su muerte, y él confiesa y se arrepiente de sus actos, que la familia comienza a aceptar lo que sucedió y, a pesar de todo, intenta preservar la normalidad. En La caza, sucede lo opuesto. El crimen es en contra del acusado de sobrepasarse con una menor, y los niños son un instrumento de persecución. No hay deseos de ocultar, sino de exponer, incluso a costa de la verdad. Vemos una sociedad que, en gran parte por esa carga histórica de secretos aciagos que mermaron vidas, tiende a victimizar a los grupos políticamente considerados ‘vulnerables’ y culpar al único grupo poblacional que no encaja en esta etiqueta, a los hombres adultos, y no siempre con el mejor resultado. De alguna manera, Festen es la explicación sociológica de La caza.

 

Mads Mikkelsen, uno de los mejores actores en activo, galardonado por esta actuación en Cannes, interpreta a Lucas, un hombre que por causas de su reciente divorcio ha tenido que tomar un trabajo provisional en una guardería. Los niños lo aman, lo buscan como compañero de juegos, y él, gustoso, emplea sus mejores trucos para sorprenderlos y hacerlos reír. Pero no deja de llamar la atención, al menos en estos tiempos de sospecha, que un hombre –y no una mujer– mantenga tanto contacto físico con ellos.

Klara (Wedderkopp), la pequeña hija de su mejor amigo, es una niña tímida, agobiada por la violencia que percibe entre sus padres (que pelean bruscamente entre sí) y de su hermano mayor (uno de sus amigos, frente a él, le enseña un miembro en la computadora). Encuentra en Lucas a una especie de compañero y consuelo. Y, en un acto de suma ternura, justo cuando él acaba de tener un gesto de bondad hacia la pequeña (a raíz de que sus padres se muestran no sólo hoscos sino egoístas), ella le roba un beso. Obviamente, el adulto tiene que rechazarla y, como cualquier mujer despechada, ella lo resiente; manifiesta su disgusto con una frase ambigua pero comprometedora, infantil. Para Grethe (Wold), la directora de la guardería, incluso después de hablar con Lucas y decirle que tendrá un encuentro con él para esclarecer el tema, su prioridad es lavarse las manos. Así es que su primer acto es llamar a un psicólogo totalmente ajeno al ambiente escolar. Sus preguntas guiadas, a las que Klara, acosada, asiente, corroboran la acusación que la directora elaboró a partir de una pizca de realidad. Después de esto, incluso huye corriendo cuando Lucas intenta hablar con ella. De una frase a otra, sin importar nada más, Lucas se ha convertido en un monstruo.

 

Cada detalle en esta cadena de sucesos es crucial para desentrañar, aunque no con absoluta contundencia, los grados de responsabilidad en los que cada actor hace culpable al inocente. Las dudas que cada personaje despierta, el espejo de los prejuicios y de perversiones de las sociedades (la danesa en específico, pero también en general) que Vinterberg brinda, son suficientes para cuestionarnos sobre la naturaleza de una acusación y un acribillamiento público. ¿Hasta dónde somos capaces de dejarnos arrastrar por las dudas que pueden emanar de la más simple sobreeinterpretación? ¿Cuántas veces nos detenemos a reflexionar sobre las pruebas antes de repetir que alguien es culpable?

A Lucas no se le da la oportunidad de defenderse. La directora de la guardería se apresura a encontrar al culpable de un crimen inexistente. Le parece más fácil orquestar una mentira, y así mantener limpio su territorio, que adentrarse al meticuloso análisis de la realidad. Los padres de familia son sus adeptos soldados, incluso el padre de Klara, hasta entonces el mejor amigo de Lucas. Y los niños son tan objetos como fusiles. Así, rápidamente, la sociedad entera arriba a la conclusión de que Lucas es un abusador. La acusación, aún no ratificada, se esparce con la rapidez de un chisme, arruinando la vida del presunto culpable. No puede ir de compras, es golpeado a la menor provocación, evidentemente pierde su empleo, a su novia, a su mejor amigo, su perro es asesinado y la deshonra se extiende hasta su hijo adolescente, de quien peleaba la custodia. Justo él y su padrino son los únicos que se mantienen, sin asomo de duda, a su lado.

 

 

La sociedad danesa, a pesar de estar tan consciente y de manejar de forma mucho más abierta que en la mayoría de los países el tema del abuso infantil, es mostrada no solo como torpe, sino también como machista e incluso aniñada. Los juegos con los que los hombres se divierten son más de hordas y vikingos que de civilizados. La secuencia inicial muestra a un grupo de adultos que parecen, por sus actitudes, pubertos echándose desnudos al lago. El momento en el que Lucas confronta a sus acusadores sucede en un templo, y el escenario sirve también para exponer el débil cristianismo de los parroquianos. Los adultos se muestran incapaces de guiar a los niños con rectitud e inteligencia. Ellos mismos no se conocen y no son capaces de comprender a sus más cercanos. A los niños los tratan como adultos cuando son víctimas, pero con paternalismo cuando intentan asumir responsabilidad. ¿Cómo propiciar su madurez si ellos mismos son incapaces de dilucidar la verdad, si ni siquiera muestran interés en hacerlo?. En un ambiente así de coludido las probabilidades de perversión son infinitas. Incluso las supuestas y reales víctimas no pueden poner un punto final a la violencia; transmiten ciegamente esta sed de caza a sus hijos. Todos, hasta los más inocentes, acaban siendo al menos un poco culpables.

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Captivating and deeply affecting, The Hunt is not to be missed

The Dogme 95 movement, co-founded by Lars von Trier and Thomas Vinterberg, emphasised storytelling as the heart of filmmaking, whilst rejecting flash and big budgets.  Vinterberg’s 1998 feature Festen was the first of many films that embraced the concepts put forth by the Danish directors.  While Festen was received to great acclaim, Vinterberg has struggled to find sure footing since.  Following a series of made-for-TV movies and music videos, forays into English-language productions with It’s All About Love and Dear Wendy proved largely unsuccessful.  Now, 14 years on from his most celebrated work, Vinterberg has come storming back with the chillingly relevant Jagten (known as The Hunt in English-speaking markets), a film certain to fuel much discussion and debate amongst its audience.

 
Penned by the director and Tobias Lindholm, The Hunt portrays a modern-day witch hunt, as a local Danish villager is accused of sexually abusing a child at the school he works at.  Before any actual evidence surfaces, public opinion begins to harshly swing against him.  With the UK swept up in gossip over a paedophilia scandal with links to press and government, The Hunt could hardly have been released at a more appropriate time.  Mads Mikkelsen, already terrific earlier in the year in A Royal Affair, continues his hot-streak with a powerful portrayal of Lucas, the divorced father whose life is torn apart by baseless allegations.  It’s not a spoiler to say that Lucas is wrongly accused, as The Hunt has no pretensions of being a crime-thriller.  Instead, Vinterberg presents a tale of mob paranoia, injustice, familial bonds and loyalty.  That the girl, Klara (Annika Wedderkopp making an intense debut) Lucas is accused of molesting is his best friend’s daughter makes for all the more poignant of circumstances.

Regardless on where one might stand on The Hunt, there’s no denying that Vinterberg has crafted an exceptionally evocative experience.  It’s difficult to not be incensed by the leading questions, the spiralling of events and the sheer absurdity of it all.  Yet, the maddening nonsense depicted doesn’t fall far from the reality such situations can pose.  Moving past the initial response of anger, The Hunt makes a deeply affecting show out of a quietly dignified, well-respected and loved man who can hardly believe the turn his life has taken.  As Lucas, Mikkelsen is perfectly measured and his careful approach subtly brings the viewer onside.  His exchanges with Theo (Thomas Bo Larsen), Klara’s father are both heart-wrenching and riddled with tension.  Larsen holds up his end commendably as well, as the conflicted best-friend who must put his daughter first.  His position may seem an unfair one, but it’s easy to see how quickly such a stance might be taken and Larsen’s turn here ensures that Theo never becomes vilified for it in the eyes of the audience.  Whilst it is the central performances of The Hunt that brings the challenging story together, there isn’t a poor effort to be found on-screen amongst the supporting cast.

There are arguments to be made against the story that Vinterberg offers.  Perhaps Lucas is too calm and collected in facing the accusations, but it’s refreshing to see a less dramatised approach.  Lucas is clearly a man who believes he will be vindicated and that his relationships with the locals should render him beyond reproach.  It’s difficult to insist that, as a character, Lucas should have behaved one way or another.  As it stands, Mikkelsen’s methods work within The Hunt and it’s easier to sympathise with a character who continues to do the right things, even when his whole world is turning against him.  The bigger possible-flaw is in how Vinterberg handles the character that sets the wheels of character-assassination in motion.  Once the snowball is rolling, she disappears from the narrative altogether.  It may be that Vinterberg is only concerned with the blaze and its consequences, rather than who lit the fire, but some resolution would have been a welcomed offering to an audience likely to be baying for retribution.

Not everyone will be convinced by the decisions Vinterberg has made in The Hunt, but even its detractors will be moved to scrutinise it, thanks to the impact of the story told and the players who tell it.  That The Hunt is certain to stir up a variety of feelings and interpretations speaks of the talent involved both on-screen and behind the scenes.  The Hunt draws the viewer in and earns an emotional investment in a way few films can match.  If The Hunt isn’t one of the year’s best films, it’s definitely one of the most resonant ones

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