Contemporary Architecture (V) Oscar Niemeyer:

When Oscar Niemeyer was a tiny child, he would draw in the air with his fingers. As soon as he could hold a pencil his mother gave him one, and he drew the same thing: floating, weightless shapes, forming and reforming. When, as a teenager, he discovered the brothels of Rio, his lines began to follow the curves of women, hip, breast and thigh. Influencing him too, through every pore, were the elliptical white beaches of Brazil, its sinuous rivers, the rounded towers of its baroque churches, its heaped-up mountains and the curling waves of the ocean. Le Corbusier, the Swiss-born architect whose modernist ideas he absorbed and then subverted, told him he had Brazil’s mountains in his eyes. Not quite true, said Mr Niemeyer; he had everything he loved in them.

His whole universe being curved like this, it was little wonder that he seldom embraced the right angle, the straight line or the square. He wriggled away from those aspects of modernism as soon as he took up architecture, under the tutelage of Lúcio Costa, in 1935. Typically, his buildings—scattered all over Brazil’s principal cities, and reaching their apogee in the new capital, Brasília, built between 1956 and 1960—were curved or hollowed forms that seemed weightless, floating in the landscape or reflected in water. The Alvorada Palace in Brasília, the Palace of the Dawn, appears to dance on points beside an ornamental lake; the church of St Francis of Assisi at Pampulha in Belo Horizonte, where he did his first work in 1942 for Juscelino Kubitschek, then mayor and later president, is a succession of lightly arching vaults; the art museum at Niterói, across the bay from Rio, grows out of the landscape on a stem like a flower. Even an apartment block in São Paulo, the Edifício Copan, could be turned into poetry, meandering languidly through the stern verticals of the city and pierced with sun-screens into leaf-like light and shade.

All this was made possible by the material he chose, reinforced concrete, which could be poured into any shape: a home-produced substance for a rapidly industrialising country that yearned, from the 1930s onwards, to cut its own self-sufficient style in the modern world. Concrete could be painted in luminous colours or decorated in native ways, with shells or palm fronds or azulejos, the blue-and-white tiles inherited from the Portuguese. He loved it for its plasticity, but also for the fact that it demanded unskilled labour, just when migrants were pouring from the countryside into the city slums. For Mr Niemeyer, whose other passion was to change “this unjust world” and make it more “horizontal”, concrete meant the liberation both of buildings and men.

He became a communist early and unfalteringly remained one, even heading the party briefly in the 1990s. It scuppered his chances in America, although both Harvard and Yale invited him; and he was relieved to have left Brazil, driven out by criticism of his work, in 1961, just before the generals came to power. Among his friends were Fidel Castro, who sent him boxes of the small cigars that wrapped him in pungent clouds as he drew, and Hugo Chávez of Venezuela, for whom he designed a rocket-like Bolívar monument angled towards Washington.

Saucer and begging bowl

The rich and famous gave him work, so he refused to be embarrassed by his palace-and-casino-building. But he was prouder of the 300 schools he designed in Brazil, all different, to surprise and inspire the poor with beauty. His own house at Canoas, with trees above and rocky outcrops flowing through it, included—scandalously at the time—no separate entrance for servants, and its red roof and yellow walls were his homage to the shacks of the favelas. He even built churches full of the comforting light of the people’s heaven, though he himself didn’t believe in it for a minute.

In practice he doubted that architecture was important, or could change much. Brasília, Kubitschek’s great shout of progress, built on a site 700 miles from Rio “at the end of the world”, was intended (by Niemeyer and Costa, at least) as a socialist Utopia in which rich and poor would live in identical apartments. To his frustration, that never happened; bureaucrats lived in the middle of the city, the poor on the edges. Cynics joked that his design for the National Congress (pictured), with an inverted saucer for the Senate and a larger “begging bowl” for the lower house, symbolised mostly the greed of politicians. He often remarked that his best work—the Mondadori headquarters near Milan, or the Maison de la Culture in Le Havre—had been done outside his own country.

None of it, however, could have occurred without the curves of Brazil. Well into grand old age he would go to his office each morning to argue, as he put it, with the simple but clever beach bum inside him who knew what architecture should be. Fast and easy, as ever, his pencil darted across the paper. The walls were covered with scribbles of naked women, “baroque buttocks” round which he would draw surprising buildings. Beyond his window lay the Sugar Loaf while below, on Copacabana, the long beach rippled with white surf and girls. And above them, brief as a man’s life, swam the clouds, forming and reforming into galleries, cathedrals, ministries, palaces and houses in the air.

A lo largo de su más de centenaria vida, Oscar Niemeyer se inspiró en la natural sensualidad de Brasil y en la abstracción de sus ideales políticos para crear una marca arquitectónica propia, escultural, futurística y utópica, que proyectó a todo el mundo.

Considerado, junto con Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe, Le Corbusier y Alvar Aalto ,uno de los arquitectos más importantes del siglo XX y una de las figuras más influyentes de la arquitectura moderna internacional, Niemeyer había nacido en Río de Janeiro el 15 de diciembre de 1907, y hasta sus últimos días nunca paró de diseñar. Asistido por su segunda esposa, Vera Lúcia Cabreira, su ex secretaria, 36 años menor que él, siempre andaba pidiendo papel y lápiz para dibujar en su departamento de Copacabana, con una espectacular vista del mar y de los sinuosos morros cariocas. Gracias al dinero de su padre, dueño de una tipográfica, tuvo una juventud despreocupada y se dedicó a la vida bohemia hasta que en 1928 se casó con Anita Baldo, madre de su única hija, Anna María Niemeyer, una reconocida diseñadora de interiores y galerista, que falleció en junio de este año (2012). Comenzó entonces a trabajar en la empresa familiar y estudió arquitectura e ingeniería en la Escuela Nacional de Bellas Artes, de donde se graduó en 1934.

Para entonces ya trabajaba en el estudio del prestigioso arquitecto Lucio Costa, quien se volvería su mentor, socio en varios proyectos y gran amigo. Fue Costa quien en 1936 lo colocó en el equipo para diseñar en Río el nuevo Ministerio de Educación y Salud, hoy conocido como Palacio Capanema y considerado uno de los exponentes más puros del movimiento modernista. Asesorados por Le Corbusier, Niemeyer y sus colegas concibieron el primer rascacielos modernista, con elementos tropicales como su característico brise-soleil , una terraza jardín, murales con azulejos de Candido Portinari y con la estructura apoyada en grandes columnas-pilares.

También con Costa diseñó el Pabellón de Brasil para la Feria Mundial de Nueva York, en 1939, con el que cosechó grandes elogios y le otorgó renombre internacional por la plasticidad que le daba al hormigón armado. Ya en Brasil, el entonces alcalde de Belo Horizonte, Juscelino Kubitschek, le encomendó a Niemeyer un complejo de edificaciones conocido como Conjunto Arquitectónico de Pampulha, con la famosa Iglesia de San Francisco de Asís, que las autoridades católicas se negaron a bendecir por sus inusuales formas y elementos decorativos.

Idealista y promotor de la lucha contra las desigualdades sociales, en 1945 se afilió al Partido Comunista Brasileño y se volvió un apasionado defensor de la ideología de izquierda, que le ganó la amistad de figuras como Fidel Castro y Luiz Inacio Lula da Silva, pero también le acarreó varios problemas en los años de la Guerra Fría. Tuvo que dejar de lado las invitaciones para enseñar en las universidades estadounidenses de Harvard y Yale porque su visa fue negada.

No obstante, en 1947 su proyecto general para la sede de Naciones Unidas en Nueva York fue elegido y terminó viajando a Estados Unidos para supervisar la construcción del edificio junto a Le Corbusier. En Brasil, en tanto, diseñó algunos sitios icónicos, como el Edifico Copan y el Parque Ibirapuera, ambos en San Pablo; la Casa de las Canoas y la sede del Banco Boavista, en Río de Janeiro.

Fue, sin embargo, durante la presidencia de Kubitschek (1956-1961) que Niemeyer hizo su mayor aporte a la arquitectura brasileña, con el diseño de los principales edificios públicos de la nueva capital, Brasilia, proyectada por Costa. Ahí se destacan la catedral, el Congreso, los palacios del Planalto, Alvorada e Itamaraty, y numerosos predios habitacionales, pensados para que las diferentes clases sociales convivan en armonía.

La llegada de la dictadura militar (1964-1985) lo llevó al exilio en Francia y a realizar varios trabajos en Europa, África y Asia (la sede de editorial Mondadori en Italia; el hotel Pestana Casino Park en Portugal; la sede del Partido Comunista en Francia; la Universidad de Ciencia y Tecnología en Argelia; la Universidad de Haifa, en Israel, entre otros). Comenzó entonces también a diseñar muebles, el más conocido de ellos, la silla “Río”. Amparándose en la ley de amnistía de 1979, Niemeyer regresó a Brasil a principios de 1980; ganó el prestigioso Premio Pritzker en 1981, y siguió trabajando incansablemente en proyectos como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi; el Nuevo Museo de Curitiba (hoy Museo Oscar Niemeyer), y el Memorial de América latina, en San Pablo.

En medio de innumerables reconocimientos de universidades internacionales, sus últimos años de vida estuvieron empeñados en completar las edificaciones del llamado Camino Niemeyer, en Niteroi; el Museo Pelé, en Santos, y el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer en Avilés, España, entre otros. En 2006, con 99 años y tras dos de viudez, se casó con su fiel secretaria, Vera Lúcia, de 60 años. Ni siquiera durante las varias internaciones hospitalarias que tuvo desde entonces dejó de dedicarse a su gran pasión de diseñar, armado tan sólo de un lápiz y un papel.

“No es el ángulo el que me atrae -explicó alguna vez-. Ni la línea recta, dura, inflexible. Lo que me atrae es la curva sensual que se encuentra en el cuerpo de la mujer perfecta.”

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