Pandora’s Box. Susan Meiselas. Disneyland of Domination::

Épreuve couleur : deux personnages sado-maso dans une pièce au décor baroque

According to Greek myth, Pandora was given a box by Zeus and instructed never to open it. She could not restrain her curiosity, however, and did just that, releasing into the world all of the sufferings and miseries that beset humanity to this day. Pandora’s Box is a commercial S&M establishment in NYC, where, for $185/hour clients can enact their fantasies, thus opening the lid to a box of conscious and unconscious desires. For the past 3 years, Magnum photographer Meiselas has been a quiet observer to the fetishized scenarios played out behind these closed doors. Through color photographs, interviews with the co-owners, transcripts of client letters, and an array of ‘fetish’ materials bound into the book, she offers a fascinating non-judgmental glimpse into this secluded world.

Meiselas documented life in a up-market S&M club in Manhattan called Pandora’s Box, a club that is apparently known, affectionately, as the “Disneyland of Domination.”

Meiselas gets in close – as she always did in the field. Effectively walks the viewer through the Pandora’s Box narrative, beginning with a positively medieval-looking shot of the “Dungeon,” a sort of gothic locker room with a strange assortment of lace-on, padded restraint devices hanging from coat-hooks, all of which look eerily reminiscent of the masks and vests worn by baseball catchers. This leads – logically, one supposes – to a photographic encounter with a comely but clearly world-weary creature clutching an almost-empty coffee cup, who seems to represent what Meiselas has identified as Pandora’s Box: Reception II. The viewer is then admitted, photographically speaking, to the dramatic centre of the Pandora’s Box enterprise: the transactional S&M intercourse between client and sex-worker, between dominated and dom-inatrix. So poignant is Meiselas’s Pandora’s Box, Awaiting Mistress Natasha, The Versailles Room, with the naked male client kneeling on a florid floral carpet in the middle of an absurdly kitschy, faux-elegant drawing-room, so vulnerable and strangely baby-like is he, that the photograph offers a sad tenderness rather than any hint of voluptuous impropriety.

©Susan Meiselas/Magnum

But, as Count Leopold von Sacher-Masoch dutifully reported in his novel Venus in Furs(1870), “In love, there is always the hammer and the anvil.” And being a hammer is hard work. The finest, most troubling, most touching photographs in Intimate Strangers are those that have to do not with fearsome bristling masks and headdresses or high-laced boots and the brandishing of whips, but with post-punitive exhaustion. Meiselas’s Mistress Catherine after the Whipping I, The Versailles Room is emblematic in this regard. Mistress Catherine, having dropped heavily into an ornate chair (in this relentlessly ornate room), appears to be asleep. Still laced into her thigh-high silver boots, she dozes beneath a big, awful, ersatz-historical painting of heavy, lush female nudes, flanked, as if she were a queen in her throne room, by carved plaster pedestals. And here is the telling detail, the punctum, as it were, of the photograph: resting on the pedestal to Mistress Catherine’s right is an hourglass, its sand almost all run out.

© Gary Michael Dault

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Susan Meiselas ha fotografiado varias guerras y conflictos, siempre desde una lente atenta a la defensa de los derechos humanos. Su libro Nicaragua, 1978-julio 1979, sobre el último año de la revolución sandinista, se convirtió rápidamente en un punto de referencia. Durante una década desarrolló un ambicioso proyecto sobre la historia del pueblo kurdo, Kurdistan. In the Shadow of History, que Random House publicó en 1997. Ahora su cámara se asoma a un mundo extraño que convoca, desde una asepsia suntuosa, las pulsiones y fantasías de neoyorquinos comunes y corrientes. El ámbito se llama Pandora’s Box, la puesta en escena es al gusto del cliente, y en una de sus formas de registro se lee lo siguiente: “Por medio de la presente certifico que soy un individuo mayor de dieciocho años, en posesión de mis facultades mentales y presente por voluntad propia.

©Susan Meiselas/Magnum

Entiendo que este es un servicio de psicodrama y de interpretación de roles, y que no hay desnudez involucrada por parte de las dominatrices ni actos de prostitución. Me comprometo a comportarme de una manera amable y caballerosa en todo momento mientras esté en las instalaciones de Pandora’s Box”.

Cada vez se hace más evidente la presencia de un orden oculto en las grandes ciudades. Lo que en apariencia se puede considerar un caos es, muchas veces, la manifestación de una cuidadosa disciplina puesta en práctica para preservar la esencia que sostiene a estas sociedades.

Es entonces cuando se establece un juego donde se ve lo que no es, y se deja de mostrar lo evidente. Por ejemplo, el barrio donde se comercializa la carne no es en realidad, solamente, el barrio donde se comercializa la carne. Muchos de los muelles de la ciudad dejan, en las noches, de cumplir su función original. Lo mismo ocurre con algunos parques a determinadas horas.

En la red telefónica existen asimismo distintas claves de acceso para formar parte de esta estructura. Curiosamente, una vez que se cruza la barrera se advierte que, casi siempre, todo no es más que apariencia: que hace falta el simulacro para que este espacio funcione.

©Susan Meiselas/Magnum

Por eso, precisamente en el barrio de comercialización de la carne, con sus grandes almacenes y frigoríficos gigantescos, se utilizan pequeños locales abandonados para llevar a cabo supuestas sesiones de masoquismo.El programa no puede ser más fantástico. Las imágenes que acompañan la publicidad están impregnadas muchas veces del espíritu de los parques de diversión. La noche de los adultos maltratados en la infancia; la de los Jóvenes que sienten atracción por los ancianos; la de los Hombres que sólo se relacionan en los parques; de las Mujeres en búsqueda de un esclavo. Hay quienes denominan Altares a estas noches. Otros los llaman Sesiones del Okoge, en homenaje a un célebre recinto japonés.

En casi todos los lugares existe un compromiso previo, que curiosamente puede parecer una contradicción con el ánimo que los motiva: no sexo, no contacto físico y no daño corporal. Cumplir estas tres normas hace precisamente posible su existencia. Se habla de desastrosas experiencias aisladas, que no funcionaron porque trataron de llevar estas prácticas al plano de lo real. No duraron mucho tiempo, por falta de público principalmente. Nadie parecía dispuesto a perder el anonimato, o la oportunidad de jugar con las posibilidades de convertirse en un voyeur, ni a renunciar a representar una cantidad infinita de roles posibles, creados por la imaginación.

Se dice de otros locales que fracasaron por no preservar el carácter quimérico de las ambientaciones. No entendieron lo necesario de mantenerse presente en un lugar que sólo un retorcido inconsciente colectivo puede elegir como punto de ilusión. Son memorables las salas de operaciones, la escenografía típica de la escuela primaria —la escuelita famosa—, los salones de aristócratas europeos, el taller de mecánica, los camerinos de grandes estadios. Fundamentales, asimismo, los atuendos para las sesiones: desde los sadomasoquistas en regla, con prendas de látex y añadidos de cobre, hasta los capaces de transformar a los usuarios en los personajes de sus sueños: la sirvienta francesa, la niña seducida, el cirujano despiadado, la enfermera complaciente, el jugador de futbol.

©Susan Meiselas/Magnum

La asepsia, tanto física como moral, permite que se establezca de una manera clara el juego de máscaras, y que sólo así un alto ejecutivo pueda ser esclavizado y humillado por una dominatriz durante su hora del descanso, para momentos después volver a hacerse cargo de la empresa que decide el destino de cientos de empleados.

Y también, que un honorable padre de familia siga disfrutando de su esposa y de sus hijos, de su casa de campo y sus viajes de vacaciones, sin que sus pulsiones íntimas deban verse sacrificadas.

¿De qué otra manera la dama socialmente exitosa podría seguir manteniendo su status?: pues acudiendo con regularidad a sus sesiones, donde será dominada, sometida a la tensión del látigo y amenazada con la agresión de objetos contundentes.

En la solicitud de ingreso habrá marcado no sólo sus preferencias, sino que expresará que no quiere marcas delatoras en su cuerpo. Los horarios de las citas deben ser también rigurosos. Ese mismo día, la dama tendrá dos reuniones de trabajo, una hora en el gimnasio y una cena galante. La cuenta por el servicio se puede cargar a cualquier tarjeta. Si paga en efectivo, el cliente puede preservar aún más el olvido de haber pasado por ese lugar. –

Por Susan Meiselas y Mario Bellatin.

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