“To the Wonder” Full Experience of Terrence Malick.

It used to be that Terrence Malick moved at merely geological speed from one project to the next. But just two years after the last film, his colossal, and colossally divisive The Tree of Life, Malick has given us a new one. It’s a fascinating, flawed and vivid piece of work, in some ways a coda or companion piece to his previous. There is the same rapture, the same eerily beautiful cinematography from Emmanuel Lubezki – at once driftingly impressionistic and pin-sharp – the same unapologetic concern with spiritual crisis and the same unfashionable Christian theme.

Since its premiere at last year’s Venice film festival, To the Wonder has been giggled at a bit by pundits who are otherwise content to wave through every sort of passionless cinema that risks and achieves nothing. It does revisit some familiar images: the sunset glow, the intricate stained glass, the middle-American main street and front porch, and reportage-type quotation of scraps of dialogue from neighbours and onlookers whose faces loom into the camera. It occasionally comes close to self-parody, and in its final act, there is some visual and rhetorical redundancy. But these are the visible faults of a strong and powerfully distinctive film-maker.

The entirety of To the Wonder is a kind of unframed flashback, accompanied by Malick’s characteristic murmured voiceover and surging orchestral score, not a narrative so much as remembered feelings, glimpses and moments in narrative order and dreamily extended to epiphany length. It is a kind of silent cinema, and the movie’s male lead – a performance of dignity and sensitivity from Ben Affleck – is virtually mute.

Affleck plays Neil, a stolidly handsome American engineer who has fallen passionately in love while in France with Marina, played by Olga Kurylenko, a beautiful free spirit. Their affair plays out in the gorgeous parks and avenues of Paris and achieves a transcendental quality when they visit Mont Saint-Michel in Normandy, and are overwhelmed by its beauty and mysterious grandeur, and their own growing sense of romantic destiny.

Gallantly, impulsively, Neil agrees to take Marina and her 10-year-old daughter back to the US with him on a tourist visa and decide what to do later. But something goes very wrong in his small American community soon after they arrive, and its featureless housing development. Worryingly, it is part of Neil’s job to investigate some kind of toxic poisoning of the water table. There is something wrong in the American soil itself. The transplantation of Marina to America does not take; she becomes unhappy and restive, a lost figure, like Monica Vitti in Michelangelo Antonioni’s Red Desert. For his part, Neil becomes aware of a beautiful childhood friend, Jane (Rachel McAdams): Malick contrives a budding relationship between them that plays out like an alternative-reality love affair. And against all this, Malick shows us the sad and lonely life of the local priest, Father Quintana (Javier Bardem), who is wrestling with his own sense of despair: there is a very moving sequence when a cleaner (significantly, the cleaner of the stained-glass windows) exhorts him to go out into the world and feel the power of God.

As Marina’s visa runs out, Neil is confronted with the crisis of choice. Should he simply get married to Marina, and take a bold leap of faith that will create its own happy ending? Should he not simply consecrate the love revealed to them at Mont Saint-Michel? Or is he, in his heart, uneasy about this holiday romance with a dangerous and exotic French creature, in comparison with whom Jane is the obvious and safer bet? Would marrying her simply be a terrible mistake? Perhaps in a spirit of compromise, Neil and Marina are shown going to the courthouse for a secular union, which is witnessed by a handcuffed prisoner – a brilliant, if contrived moment.

The absence of God and the presence of love are the two poles of this created world; a world perceived in a trance or delirium, and in which the problem of God gives an inexpressibly painful kind of meaning to the immediate, agonised problem of finding a complete knowledge of another human being. Both Paris and the mid-American heartland look like something from another planet, something witnessed, in delirious detail, under the influence of a powerful drug. There is a rich excess in this movie, and the sensual profusion is not completely absorbed into its texture. Yet only a film-maker as intelligent and idealistic as Malick could have created this kind of surplus value.

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Ben Affleck, Olga Kurylenko, Rachel McAdams y Javier Bardem orman el cuarteto interpretativo en cuyos hombros descansa el peso de la sexta película de Malick, una oda al sentimiento que, dicen los románticos, mueve el mundo.

Los cuatro pueden considerarse unos privilegiados. Estrellas de la talla de Rachel Weisz, Michael Sheen, Amanda Peet o la mismísima Jessica Chastain -de la que el Malick sacó lo mejor en El árbol de la vida– se quedaron en la sala de montaje víctimas de la despiadada tijera del maestro de Illinois.

Él (Aflleck) encarna a Neil, un estadounidense que -como le sucedió al propio Malick en la vida real- ha encontrado el amor en Francia. Ella (Kurylenko) es Marina, una joven madre que decide dejar atrás su vida y su país para, junto a su hija, seguir al hombre de su vida hasta su ciudad natal.

Pero el tiempo pasa y la inexorable rutina sumada las peculiares circunstancias personales y profesionales de la pareja van resquebrajando poco a poco la que empezó siendo, como todas, una idílica relación.

Entre tanto, otra mujer aparece en la vida de Neil, se trata de Jane (McAdams), una vieja conocida que despierta en su interior sentimientos que creía olvidados. Y pululando sobre este triángulo amoroso encontramos al padre Quintana, el cura atormentado al que da vida Javier Bardem.

Cada uno de ellos personifica una forma o estadio diferente de ese omnipresente sentimiento que es el amor. Kurylenko es el suplicio de amar sin ser amada. Affleck, la impotencia del quien es amado sin poder amar. Y McAdams sufre la desesperación de quien encuentra a quien amar en el peor momento.

Y sobrevolando este arrebatado triángulo amoroso, Malick, esclavo siempre de su exacerbada espiritualidad, ubica el tormento interior del personaje de Bardem. La tortura de quien por su propia convicción y condición está obligado a profesar un sentimiento que no siente.

Mientras otorga consuelo y consejo a su semejantes, incluidos nuestros protagonistas, el padre Quintana ve como, muy a su pesar, su fe muere. No ve a Dios en nada ni en nadie y se limita a fingir lo que predica mientras le implora una y otra vez -casi hasta el cansancio- que se muestre para terminar con la tortura de amar sin ver.

“AMARÁS, TE GUSTE O NO”

Todos ellos esperan algo, imploran desesperados sin saber que amar no es un sentimiento, no es una elección. Es una obligación, es a lo que todo ser humano está llamado, algo inherente a su naturaleza. Amar es inevitable por mucho riesgo, incertidumbre o dolor que ello conlleve.

Y aunque en esta ocasión no hay supernovas ni grandiosos planos del universo y la creación de la vida, Malick vuelve a abrazar la trascendencia en una cinta solo apta para quien disfrutó con El árbol de la vida. Y lo hace de nuevo deslizando su filosofía cinematográfica en dos niveles que se intercalan durante la atípica narración.

En To the Wonder el salto no se produce desde lo universal y lo cósmico a lo particular e íntimo, sino desde el amor carnal y apasionado que disfrutan y sufren los tres vértices del triángulo protagonista, hasta la devoción, la fe, el amor por su Dios -o más bien la ausencia del mismo- del padre Quintana.

Vaya por delante que las afirmaciones categóricas se antojan bastante inútiles a la hora de valorar una propuesta tan personal y de una percepción tan extremadamente subjetiva como es el cine de Malick. Dicho lo cual, en la inevitable comparación con El árbol de la vida, estamos ante una obra menor que su mastodóntica y sobrecogedora antecesora. Lo cual no significa que se trate de una cinta estimable en muchos aspectos.

Visualmente To the Wonder vuelve a ser envolvente, hermosa, hipnótica e incluso sublime en ciertos pasajes. Haciendo del contraluz y los repentinos movimientos de cámara sus armas favoritas, Malick convierte el detalle más nimio en el protagonista inesperado de un imponente plano que podría perfectamente pasar por una postal del paraíso. Con sello divino.

El estadounidense vuelve a instalarse en la excelencia formal para presentarnos sus personajes, sus relaciones y sus emociones con pocas palabras, menos diálogos, grandes elipsis y una desconcertante belleza onírica. Tal y cómo reconstruiríamos todo en nuestra memoria si años después intentáramos recordar.

Demuestra que su capacidad estética sigue intacta repitiendo, en algunos casos de forma descarada, las preciosistas fórmulas que hicieron de El árbol de la vida la joya de su corona. La música de Hanan Townshend es deliciosa, la fotografía de Emmanuel Lubezki sigue siendo prodigiosa… pero la sinfonía que orquestan los diferentes interpretes de la inequívocamente bella partitura compuesta por Malick no es tan potente, certera y conmovedora como lo fue su inmediata predecesora.

Sus personajes, correctamente interpretados salvo en el caso de Bardem que está más que notable en la piel del padre Quintana, aparecen lejanos, distantes, no logran conectar emocionalmente con el espectador. En consecuencia, aunque universales, sus conflictos se antojan distantes, sus presumiblemente arrebatadas emociones nos dejan bastante fríos. Una de las peores sensaciones que se pueden despertar cuando estás hablado de amor.

¿SERÁ CULPA DEL TIEMPO?

Y no es por recrearse en esos planos quietos que se ceban en las manchas que el sol deja en el objetivo, tampoco por la omnipresencia de la voz en off, ni por su descarada pretenciosidad… Todo eso ya estaba en El árbol de la vida. Y funcionaba mucho mejor. Quizá en este caso, como ocurre en el amor, la falta de emoción que le achacamos A To the Wonder sea tan solo culpa del tiempo.

Puede que la repentina hiperactividad del siempre esquivo y otrora escaso Malick -se tomó la friolera de 20 años entre Días del cielo (1978) y La delgada línea roja (1998)- juegue en contra de To the Wonder. El lado bueno (de las cosas) es que no tendremos que esperar mucho para comprobar si Malick vuelve a afinar su puntería poética.

Parece que ahora, cuando está apunto de cumplir los 70 le han entrado las prisas y ya tiene tiene otras dos balas en la recámara. Sí, el hombre del sombrero de cowboy y la barba de profesor de filosofía (su otra profesión) tiene otras dos películas rodadas pendientes de estreno –Knight of Cups y otra cinta todavía sin título- además del documental Voyage of Time.

Producciones plagadas de estrellas con nombres de la talla de Christian Bale, Natalie Portman, Antonio Banderas, Ryan Gosling, Christian Bale, Cate Blanchett, Michael Fassbender, Rooney Mara o Benicio del Toro. Veremos cuántos de ellos superan el trance de la sala de montaje, la guillotina favorita de Malick. Un tipo muy especial… te guste o no.

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