“The Act of Killing” Documentary By Joshua Oppenheimer

Documentary filmmakers are frequently criticized for being too judgmental toward their subjects. In Oppenheimer’s case, the opposite may be true, as the helmer expresses no qualms about giving unrepentant killers the means to create their own propaganda. What he and co-director Christine Cynn do reserve, however, is final cut, maintaining ultimate control over how to present both the re-enactment exercises and the extensive behind-the-scenes footage.

Leading with an apt quotation from Voltaire — “It is forbidden to kill; therefore all murderers are punished unless they kill in large numbers and to the sound of trumpets” — the doc unnervingly illustrates the way history is written by the victors. As explained in the press notes but not in the film, the directing duo initially attempted to make a more traditional reconciliation-focused docu featuring survivors’ testimony about the mass murders carried out after Indonesia’s 1965 revolution, but encountered too much pressure from authorities to follow through.

By shifting their attention to the perpetrators, however, the filmmakers found that the obstacles suddenly disappeared. In charismatic freelance killers Anwar Congo and Herman Koto — small-time gangsters responsible for dispatching countless convicted communists back in the day — the pic finds two oddly compelling personalities sufficiently movie-obsessed to take the bait: Congo outfits himself like a pimp from a 1970s blaxploitation movie, while Koto takes the flamboyance one step farther, enthusiastically cross-dressing for the cameras. It’s as if both men had been waiting their entire lives for a film crew to discover them, and given the opportunity, they obligingly dig their own graves.

After a few scenes of straightforwardly observing the two petty thugs casting for extras in what will become the docu’s gut-wrenching climax — the burning of a communist village that Congo and Koto boastfully intend to “make something that’s even more sadistic than what what you see in movies about Nazis” — “The Act of Killing” begins to reveal the disturbing influence movies had on the most violent period of their life. In one scene, Congo explains how they would stumble directly from the cinema over to the paramilitary office, where they would perform the executions “happily,” role-playing as their favorite Hollywood stars (the way American gangbangers presumably look to the antiheroes of “Scarface” and “The Sopranos” today).

The film unequivocally reveals how such entertainment threaded into the killers’ own self-image, serving as both encouragement and coping mechanism for their actions. Now, Congo and Koto return the favor, candidly describing their past rapes and murders, staging a brutal interrogation scene on an impressionistically lit set and even going so far as to demonstrate the most effective way to kill without spilling too much blood.

The helmers pause on occasion to observe their subjects’ reactions to periodic work-in-progress screenings, and at one such opportunity, Congo invites his grandchildren to watch the gory depiction of his past exploits. Later in the film, the project is featured as the subject of a local talkshow on Televisi Republik Indonesia, the state-owned TV network, where the gushy host excitedly interviews the two celebs.

Through Congo and Koto, the helmers gain access to a dozen or so other key figures involved in the mass killings, ranging from Ibrahim Sinik, a prominent newspaper publisher who pronounced many of the communist death sentences, to North Sumatran youth minister Sakhyan Asmara, who interrupts the climactic Kampung Kolam re-enactment to coach the paramilitary extras on how to appear more realistic.

Never before has anyone made a documentary like “The Act of Killing,” and the filmmakers seem at a loss in terms of how to organize the many threads of what they capture. There’s Indonesia’s back-history to be established, the underlying concept of the experiment to be communicated, footage from Congo and Koto’s shoots to share (including an orphaned musical number outside an abandoned fish-shaped restaurant that serves as a recurring motif throughout). Despite a team of five editors — not to mention advice from producers Errol Morris and Werner Herzog, plus a small army of contributors who opted to remain anonymous — the dense result feels overly discursive, frequently guilty of losing its own thread. Still, essential and enraging, “The Act of Killing” is a film that begs to be seen, then never watched again.

Puede que esta tercera realización de Joshua Oppenheimer (Texas, 1974), que ha contado para la ocasión con los prestigiosos documentalistas Errol Morris y Werner Herzog como valedores, sea la película más destacable de entre todas las estrenadas en España en 2013. No tanto por sus valores estrictamente formales –de cuya irregularidad dan fe los distintos metrajes con que ha circulado por festivales, salas de exhibición comercial y plataformas online–, como porque de sus imágenes se derivan jugosas reflexiones sobre el impacto del cine en el siglo XX y nuestra relación con lo que en el siglo XXI ha pasado a ser audiovisual.

En primera instancia, The Act of Killing es un reportaje. Filmado cámara en mano en Indonesia por el propio Oppenheimer, su colaboradora habitual Christine Cynn, y un nativo de aquel país asiático al que no se identifica por razones de seguridad. Dato que, como muchas declaraciones y actitudes reflejadas en el film, evidencia que la democracia fraguada en Indonesia entre 1998 y 2004 dista de estar consolidada.

Y no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que al actual modelo político le precede una feroz dictadura de treinta años respaldada por Estados Unidos cuyos inicios, allá por 1965, estuvieron marcados por el exterminio de medio millón de militantes y simpatizantes del Partido Comunista de Indonesia. Los responsables tanto de aquella carnicería –cuyos prolegómenos abordaba El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1982)– como del posterior “Nuevo Orden” represivo del presidente Suharto fueron el ejército, cuerpos paramilitares y hasta mercenarios.

Son varios de estos últimos los entrevistados en The Act of Killing, estremeciendo de entrada la impunidad y ligereza con que detallan sus torturas y asesinatos de comunistas, que rondan el millar en el caso de Anwar Congo; el individuo mejor dispuesto, por pura inconsciencia, a exponerse ante el objetivo de Oppenheimer.

Las declaraciones de Congo y compañía resultan de sumo interés por cuanto ejemplifican a la perfección la banalidad del mal sobre la que escribió Hannah Arendt a propósito del nazi Adolf Eichmann; la normalidad con la que en determinadas épocas y bajo determinados regímenes el mal puede practicarse, relativizarse y hasta justificarse. No abundan testimonios cinematográficos verídicos tan amorales como los que muestra The Act of Killing. A vuelapluma pueden tenerse en cuenta como antecedentes los films de Barbet Schroeder Général Idi Amin Dada: Autoportrait (1974) y El abogado del terror (2007). Testimonios imprescindibles, pese a su dureza o quizás precisamente por ella, para cualquiera con interés por los vericuetos de nuestra naturaleza.

Testimonios que la crítica tiende a tachar de abyectos y los espectadores a eludir, en nombre de unos supuestos humanismo y buen gusto que no esconden muchas veces sino cobardía a la hora de afrontar las tinieblas del corazón humano, del propio corazón. Y si hay algo capaz de perpetuar el mal, es esa forma corrompida de bondad que consiste en mirar hacia otro lado, más cuando se está frente al espejo. Oppenheimer no solo no mira hacia otro lado.

Se adentra en terrenos difícilmente soportables cuando los verdugos, llevados por su amor al cine popular del que disfrutaron en su niñez y de cuya distribución y exhibición alguno llegó a ser partícipe en su juventud, por su conocimiento del valor propagandístico del medio, por una bula social que llega al extremo de habérseles convertido en heroicos protagonistas de programas televisivos, por la vanidad, incluso por el deseo de exorcizar sus crímenes, acceden a recrear estos ante la cámara de acuerdo con las claves de los géneros cinematográficos que ayudaron a conformar su educación sentimental y sus identidades disfuncionales, para lo que enrolan además a aterrorizados familiares de sus víctimas y represaliados de antaño.

Estas grotescas representaciones propician que la película diluya cualquier frontera entre los códigos de la ficción y los del documental, obligándonos a debatir las relaciones entre cine y poder y a poner en solfa nuestra comodidad como espectadores, nuestras respuestas emocionales e ideológicas en función de si las convenciones exigen de nosotros más o menos responsabilidad ética frente a lo que vemos.

¿Es The Act of Killing un documental sobre los efectos en lo real de vivir sumido en una ficción? ¿Es una ficción sobre las imposturas psicológicas individuales que acarrean los consensos sociopolíticos articuladores de la realidad? Vivimos tiempos líquidos, inabarcables para la imagen. Tiempos que han sumado a la influencia tradicional del cine la de infinitos nuevos medios, cuyo poder sobre nuestra manera de habitar lo existente ha llegado al punto de que ya no cabría definir nuestro entorno como sociedad del espectáculo sino como espectáculo de la sociedad. The Act of Killing se hace eco de ello, no elude siquiera su propia complicidad, instaurando en nuestro ánimo un estado de sospecha permanente no solo hacia lo que vemos, también hacia nuestras certidumbres y comportamientos antes, durante y después de hacerlo.

Cuando en los últimos minutos de la película Anwar Congo manifiesta un asomo de escrúpulos por sus monstruosidades, no podemos evitar preguntarnos si nos hallamos ante un arrepentimiento real, o ante la simulación más sofisticada de las plasmadas hasta entonces con vistas a una catarsis emocional conveniente tanto para Congo y Oppenheimer como para un público incómodo. Y esa pregunta, en estos tiempos líquidos a la postre para la imagen pero también para nuestras conciencias amodorradas, queda lejos de responderse, lo que amplifica el efecto desestabilizador de The Act of Killing. Por ello, insistimos, una de las propuestas más recomendables de 2013.

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