Richard Kern // The thin line between fine art and voyeurism // La Frontera entre el arte y el Voyeurismo.

Before becoming known as a photographer, Richard Kern was  director of short death-punk films, pioneering a post-Warholian B porn aesthetic that made itself at home on Sonic Youth album covers and in East Village basement screening rooms at a time when it was still possible to call such culture “underground.” In the meantime, Kern’s photographs have been published in magazines as various as Purple and Barely Legal. Kern does porn, art, and also fashion photography, sometimes all in one shooting day, but it’s not in this cross-over potential that the singularity of Kern’s work resides, it’s in the way he strips this multi-tasking down to its hollow core and in how he elaborates his peculiar distance from the labor he performs whenever he picks up a camera and aims it at a posing model.

The nine photographs on view at Feature Inc. all play on pornographic tropes of voyeurism. Kern’s lens peeps through windows and half-open doors to capture glimpses up his models’ skirts or down their blouses, locating panties or nipples. Blurry foreground elements such as doorknobs, potted plants and window glare eroticize the simultaneous proximity and remoteness of the unseen photographer. It’s hard to say whether Kern is referencing “amateur teen” and “up-skirt” porn genres, or if these images were actually taken on the job. I prefer to think that we are looking at up-skirt porn that is referencing itself, that Kern and his female models are conspiring to open up a pose within the pose, cheating an off-the-clock art moment on the porn clock. This new pose and the gaze it plays for may not look immediately different from those of pornography, and the model, photographer, and décor are all the same, but the singularity of the chosen, agreed upon moment seems to tear itself away from its initial context, reterritorializing itself here, in a picture like Woman undresses (Chicago), 2004.

These are stolen moments, captured on negatives the artist chose not to turn over to his editor. Unlike Terry Richardson, whose work seems fully invested in the dream of making commercial fashion transgressive, or transgression fashionable, Kern doesn’t pretend that image culture is a non-stop party. And unlike Ryan McGinley, who’s photographs seem to document a dream of youth freely exposing itself in moments as innocent as nature, Kern exposes the economics and the artifice of every situation. They make work seem like play, whereas Kern plays at working. The crucial difference, and it’s always sensible in his strangely uptight images, is that a Kern moment is aware of its own non-belonging as either play or work time. In Office (NYC), a model posing as an office worker seemingly caught unaware as she squats to retrieve fallen document, conspires with Kern to re-appropriate thepornographic situation, coolly reproducing it in an image that is closer to the sensibility of Pierre Klossowski than the snapshot neo-realism of wild boy lifestyle photography.

We see nothing, really, in Up Skirt 1 but the lavender dead end of the model’s panties. We see an image not bothering to break the rules of the genre its title so straightforwardly names, and a hobbyist’s attention to form and detail. We see Kern showing himself seeing not much, and his model agreeing to show it. A Kern image seems to start from the boredom of looking at a world already photographed in advance, then finds its discrete distance from this boredom and this world. Kern captures nothing but some young, blank flesh, a moment slipped into panties and carefully, soberly returned to its own opacity. There is no simulated joy in this moment, only the joy of simulating it.

– John Kelsey

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“Toda la culpa es de la película Blow up. Maldita sea, parecía tan guay ser fotógrafo”. Richard Kern (Carolina del norte, 1954)

Lo que hace el estadounidense parece hoy algo muy parecido a la norma. Existe Terry Richardson y existe Suicide Girls, la web que democratizó el onanismo en el underground. ‘Ya que enseñamos los tatuajes, pues de paso también mostramos las tetas’, pensaron a la vez miles de adolescentes fans de Nine Inch Nails de medio mundo.

Flirteando con la cotidianidad, la naturalidad y el erotismo en su vertiente menos coreografiada, Kern parece hoy rabiosamente contemporáneo, demasiado incluso para alguien con su trayectoria y su edad. Pero hay un secreto aquí: el inventó todo esto. “Es que no sé hacer otra cosa”, interrumpe, intentando atajar a tiempo cualquier asociación con tendencias o fotógrafos actual. “Siempre he hecho lo mismo. La única diferencia es que ahora soy mayor. Las chicas que retrato me ven como un abuelito y me cuentan otro tipo de intimidades. No hay demasiado secreto en lo que hago. Una de las claves siempre ha sido conocer a la chica.

Este método basado en lograr cierto tipo de intimidad con la modelo es clave para lograr que la chica acepte feliz aparecer mostrando sus pechos y mordiendo una sandía, sosteniendo un entrecot contra su mejilla, o con la cabeza en la taza del wáter. Por eso Kern anda algo mosca con el taller que le han organizado para mañana. “Se ve que hay unas personas que han pagado 300 euros por verme fotografiar. ¿No estabais en crisis, vosotros? En fin, alguien se va a decepcionar porque mi método no tiene ninguna mística. Lo único que temo es que no sé trabajar con chicas que no conozco. Con una desconocida y ante una serie de gente a la espera de descubrir mi gran truco, no creo que pueda alcanzar esa intimidad”.

A pesar de ser una persona que exhibe la sana actitud de no tener intención de ir a ningún sitio en concreto, Richard Kern es en realidad alguien que está ya de vuelta de todo. A finales de los setenta, en plena efervescencia del East Village neoyorquino, arrancó el fanzine Heroine Addict, un artefacto de arte underground que resultó profético: al poco, era adicto a la heroína. “Fue culpa de la Velvet”, bromea. “Ya sabes, la canción Heroin y todo eso… Pero no me preguntes sobre esa época, que recuero poca cosa”.

Ya en los 80, cuando Heroin Addict pasó a llamarse Valium Addict, el fotógrafo empezó a experimentar con el cine, produciendo una serie de inquietantes cintas, cuyo cénit creativo sería Manhattan love suicides. Dirigió el vídeo del tema de Sonic Youth, Death valley 69, en el que participaba Lydia Lunch, una de las primeras personas que retrató y una figura que le marcó. “Vive en Barcelona, ¿no? Uf, no sé si llamarla…”, interviene el artista, que prefiere no ahondar en la relación que mantiene en la actualidad con la señora que fundó Teenage Jesus and The Jerks cuando era camarera del mítico CBGB.

Ya en los 90, en pleno proceso de asimilación por parte de la cultura masiva de todo lo que oliera a underground, las fotografías de Kern empezaron a aparecer en revistas como Purple, Playboy o GQ, pero también en publicaciones porno como Barely legal, Tight o Live Young Girls. “Y entonces llegó al revista Vice. Me llamó un día Tim Barber, que era el editor fotográfico, y me propuso un portfolio de moda con profesores como protagonistas. Dije que sí. Es curioso porque ahora no creo que aceptara un encargo de esas características, y lo que hice poco tiene que ver con lo que soy y con lo que después fotografiaría para la revista”

La relación que el medio estableció con Kern ayudó a propulsar una nueva estética en el erotismo. Exactamente, la que aún impera hoy: todo el mundo con Iphone parece creerse un fotográfo y todo el que tiene culo sobre el que sentarse piensa que debe fotografiárselo. “No sé si la gente es más exhibicionista que antes. Lo único es que se ve más, porque es más barato y fácil hacerse fotos y mostrarlas en publico. Muchos colegas se resistieron durante años a pasarse al digital. Para mí fue genial. Más barato, rápido y cómodo. Solo debes sentirte amenazado como profesional si no tienes una mirada propia. Entonces, te quejas de que cualquier turista puede pensar que es un fotógrafo profesional. Yo me siento muy cómodo en este nuevo entorno”, sentencia el fotógrafo, quien tras el éxito de Action su libro para Taschen, está preparando una nueva colección de imágenes de jóvenes con poca ropa y mucha historia.

“No me puedo creer que se haya vendido esa foto”. Kern señala una de las instantáneas sobre danza que cuelgan de la pared. “¡3000 euros! Buff, y luego dicen que lo que más vende es el sexo…”

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/10/17/tentaciones/1350492972_496931.html

 

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