Emmanuel Carrère // “Connoisseur” of Non-Fiction // El conocedor de la No Ficcion.

The French, who are notoriously divided on literary matters, all seem to agree: there are few great writers in France today, and Emmanuel Carrère is one of them. Carrère writes nonfiction, or what he calls “nonfiction novels.” His books combine journalistic reporting with first-person confession. “He transforms the world into literature,” summarized one felled critic. He also shocks. In My Life as a Russian Novel (2007), he defied his mother’s request not to write about her father, a White Russian émigré who served as a translator for the German army during World War II. The French press delighted in the supposed rift it caused with his mother, a preeminent historian of twentieth-century Russia who happens to be the presiding secretary-general of the Académie française. In the same book, Carrère recounts the true story of how he surprised a girlfriend by publishing a pornographic letter to her in Le Monde. Though this marked the height of his take-no-prisoners exhibitionism, frankness about his worst self is a constant in his work.

Born in 1957, Carrère grew up comfortably in Paris, the son of an insurance executive. He attended the Institut d’études politiques de Paris (the renowned Sciences Po), and, after serving in the military in Indonesia, became a film critic for IndonesiaTélérama and Positif. He continues to work as a journalist, both in print and in television. (In addition to writing TV and movie screenplays, he has directed two films, including a documentary.) But Carrère’s narrator is not the neutral “I” of American New Journalism. He is unapologetically—or sometimes apologetically—present. For example, in his 2009 best seller, Lives Other Than My Own, Carrère tells the true story of his vacation in Sri Lanka during the 2004 tsunami. He then writes about the death, by cancer, of his girlfriend’s sister, who was a small-claims judge. Eventually, he goes on to explain French and European credit law, her field of expertise, in fifty pages that are, unlikely as it may seem, gripping. President Nicolas Sarkozy said the book “transforms the way you look at the world.” (A tricky endorsement for the left-leaning Carrère.)

Carrère began his literary career writing fiction and looks upon his first, experimental novels with dismayed amusement. His first major critical success came in 1986, with The Mustache, a novel about a man who shaves his mustache only to find that no one notices, not even his wife. John Updike wrote that the book was, “to risk a rather devalued word, stunning.” Carrère followed up with Hors d’atteinte? (1988), about an addicted gambler, and Class Trip (1995), about a killing by a pedophile. He also wrote a biography of the sci-fi master Philip K. Dick.

But the book that made him famous was The Adversary, published in 2000. It is justifiably considered the French In Cold Blood. The true story of a serial killer who murdered his family after pretending to be a doctor for eighteen years, The Adversary became a best seller and was translated into twenty-three languages. From that moment on, Carrère switched from fiction to his brand of first-person reporting. His most recent book, Limonov, won him the prestigious Prix Renaudot in 2011.

Slightly tan, Carrère looks like a French journalist, which means he can carry off a scarf and a vaguely fatigue-like jacket with panache. Despite his bohemian-bourgeois credentials, he has the courteous manners of his more conservative background. Listening to him is reminiscent of reading his books: there’s the intensity, which may strike the listener as somehow Russian, and the self-deprecating humor that can accompany the most embarrassing admission.

Carrère lives with his wife, Hélène Devynck, a former journalist, and their daughter. He has two grown sons from a previous marriage. He often writes at his house on the Greek isle of Patmos, where, he points out, Saint John wrote the Book of Revelation. He is currently at work on a collection of his long-form journalism, due out in France in January.

Susannah Hunnewell / Paris Review

Emmanuel Carrère fue novelista en el más puro significado de la palabra hasta 1999. Cinco novelas a sus espaldas y otros tantos galardones habían convertido en un autor de éxito a este parisino nacido en 1957 e hijo de la politóloga francesa especializada en historia de Rusia Helène Carrère d’Encause. Pero hete aquí que un buen día Francia entera quedó sacudida por un brutal crimen múltiple a manos de Jean Claude Romand, un médico de prestigio que, en 1993, acabó con la vida de sus padres, sus hijos, su mujer y su perro, y a punto estuvo de matar también a su amante. Carrère, impactado por la salvaje actuación de su compatriota, decidió escribir su historia, que culminó con la obra El adversario (Anagrama, 1999), un libro a medio camino entre la investigación y la memoria personal, más cerca del gran periodismo norteamericano que de la ficción literaria.

– Ese fue un punto de inflexión en su carrera ¿no es cierto?
– Sí, con este libro introduje un doble cambio en mi trayectoria. Por un lado me alejé de la ficción y por otro empecé a escribir en primera persona, algo que no había hecho nunca. A partir de ahí mis obras posteriores han sido distintas, lo que no significa que no vaya a volver a la pura ficción. Sino que solamente me estoy dejando llevar por lo que creo que debo hacer ahora, es algo un poco instintivo.

– Muchos lo comparan con A sangre fría.
– Sí, la obra de Truman Capote fue muy inspiradora para mí, y me sirvió de referencia, sobre todo en lo que se refiere a la gran investigación psicológica para entender los mecanismos y resortes que llevan a un hombre a cometer semejante acto de brutalidad. Hice un exhaustivo trabajo de documentación, para recabar todo el material necesario, y realicé muchas entrevistas. Y todo eso lo alterné con una profunda introspección en mis memorias personales. Fue un libro muy complejo de escribir.

El adversario, llevado al cine hasta tres veces, fue su primer y definitivo paso hacia el alejamiento de la literatura como ficción, ya que a partir de ahí Carrère profundizó en su tratamiento de la memoria y la indagación personal, temas que se reflejan en Una novela rusa (Anagrama), en la que investiga el pasado ruso de su familia materna, y De vidas ajenas (Anagrama), una aproximación al dolor que ocasiona la pérdida de los seres queridos.

– ¿La ficción le aburre?
– ¡No! Me gusta mucho la novela como lector y, quién sabe, quizás más adelante la retome, pero ahora estoy en un momento de mi vida en que necesito trabajar la ficción vista desde otro punto de vista. Ahora necesito mirar alrededor porque lo que ocurre fuera me interesa muchísimo, y eso luego me permite además mirar en mi interior.

– ¿Este nuevo camino literario le permite conocerse mejor a sí mismo?
– La escritura ya es en sí misma muy introspectiva, puesto que uno ha de buscar en su interior para dar sentido y profundidad a lo que cuenta. Y eso ocurre tanto en novela como en no ficción.

– ¿En cuanto a técnica cuáles son las diferencias?
– Los recursos literarios son los mismos, sólo que cuando se habla de personajes reales hay que asumir la gran responsabilidad que entraña el hecho de poder herir y molestar a dichas personas. Hay ciertos riesgos que hay que tener muy presente.

– ¿Alguna receta para que un libro funcione bien?
– Nunca me he planteado así la escritura. Cuando me dispongo a escribir sólo pienso en que el tema y la manera de acercarme a él me apasionen a mí, sólo así puedo acometer este trabajo, ya que cada historia me ocupa unos cuatro años. Abordo la escritura como la transmisión de mi propia fascinación por lo que estoy haciendo, espero conseguirlo y compartir eso con mis lectores. De modo que en mi caso en vez de hablar de recetas o fórmulas, habría que hacerlo de un motor que se enciende cada día y que me impulsa a escribir. Lo que sí hay son recursos técnicos y estilísticos para lograr que la lectura resulte fascinante para el lector, y éste tenga necesidad de seguir pasando páginas para meterse en la historia.

– En el caso de Limónov, el personaje real protagonista de su última obra, ¿qué es lo que le suscitó tanto interés?
– Yo había escrito algo sobre él anteriormente, de manera que ya había profundizado en su biografía. Y llegó un momento en que lo vi como un personaje de novela picaresca y de aventuras, y a la vez como el resorte que me permitía escribir un libro de historia sobre un periodo que me interesa muchísimo, que es el fin de la Unión Soviética y la Rusia postcomunista. Lo que me maravilló fue que Limónov me brindaba la posibilidad de hacer dos cosas a la vez, una novela de aventuras al modo de Alexandre Dumas y un libro de historia.

– Pero está claro que la personalidad de Limónov le resulta irresistible.
– Por supuesto, ya que, como le decía, su vida está repleta de aventuras y peripecias. Nació en 1943 y ha sido escritor y activista político. Fundó el Partido Nacional Bolchevique y luchó en la guerra de los balcanes. Estuvo en la cárcel. Malvivió en París, como clochard, luego se marchó a Nueva York donde fue secretario de un millonario… En fin, su vida está salpicada de hechos imprevisibles e incoherentes que tan pronto te hacen verlo como un fracasado o como un héroe carismático. Esa complejidad es irresistible para un escritor, es un material de lujo.

– ¿Él ha leído su libro?
– Sí, naturalmente. Sé que está contento del resultado, y no lo oculta. Se ha encontrado con una gloria inesperada y eso le ha hecho muy feliz. Estaba olvidado para mucha gente, y ese renacimiento le encanta.

– La tarea de investigación y documentación en Rusia no debió ser nada fácil.
– En realidad yo llevo muchos años sintiendo una verdadera pasión por Rusia. La conozco muy bien, he leído mucho sobre ese país, lo he recorrido entero y he tenido infinidad de encuentros y experiencias allí. Así que me siento muy cercano al pueblo ruso, partiendo además de que mis raíces maternas están allí. Con todo ello, la aproximación a Limonov ha sido muy espontánea por mi parte, y el material necesario para escribir esta obra ha sido fácil de conseguir.

– ¿Cuál diría que es el rasgo que mejor define la idiosincrasia rusa?
– La pasión y el exceso en todo. No es un mito ni un cliché, es una realidad.Los rusos son así, excesivos, apasionados, agotadores, temperamentales y brutales.

– ¿Qué está escribiendo ahora?
– Estoy con dos historias, en la misma línea de alternar ficción con realidad, que serán dos libros distintos. Cuando uno no me sale, me voy al otro, y así van creciendo los dos. Pero están en una fase muy inicial todavía.

– ¿Algún ritual a la hora de empezar a escribir?
– Ninguno en especial, no soy muy maniático. Hay fases en que no escribo nada, sólo artículos o guiones, y eso me resulta relajante. Luego vuelvo a mis obras y paso un tiempo estudiándolas, dándoles forma y escribiendo a ratos. Y cuando ya verdaderamente cogen impulso suelo pasar una temporada en mi casa de la isla de Patmos, donde estoy muy aislado y trabajo muy bien.

Fuente: Vis Molina – El Cultural

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